‘La Jungla 2: alerta roja’: 30 años de una violenta secuela a la altura de la original

'La Jungla 2: alerta roja': 30 años de una violenta secuela a la altura de la original

John McClane se convirtió en el héroe de mi generación sobre las humeantes ruinas del Nakatomi Plaza. ‘Jungla de cristal‘ reinventó el cine de acción y marcó a todos los espectadores gracias al impecable trabajo de un equipo técnico y artístico en estado de gracia. La adaptación de ‘Nothing Lasts Forever’, la aún inédita en España novela de Roderick Thorp, se convertía en un clásico del cine. ¿Quién en su sano juicio se metería en una secuela?

No solo se muere dos veces

McClane es gafe. Eso es algo que había que dejar claro desde el primer minuto de película. ‘La jungla 2: alerta roja’, no tardaba ni ese tiempo en bajar los humos del gran héroe, casi inmortal, que venía de salvar al mundo un par de navidades antes de este nuevo fatídico diciembre de 1990 en pleno Washington.

Si la primera película era una adaptación de una novela que llevaba años rondando por los estudios de Hollywood (todos esos detalles los podéis leer en el artículo que tenéis enlazado sobre este párrafo), para su continuación Lawrence Gordon y Joel Silver recurrieron a otra novela. En este caso, ’58 Minutos’, de Walter Wager, un thriller que nada tenía que ver con el universo McClane. Wager ya había sido llevado al cine con anterioridad, en ‘Alerta: misiles’, de Robert Aldrich y ‘Teléfono’, el recordado thriller de Don Siegel protagonizado por Charles Bronson.

La novela contaba la historia de Frank Malone, un capitán de la policía de Nueva York divorciado que se encuentra esperando a su hija, que viaja desde California hasta el Aeropuerto Internacional John F. Kennedy de la ciudad de Nueva York para pasar juntos la Navidad. Allí, un misterioso personaje llamado «Número 1» corta el suministro eléctrico de las pistas de aterrizaje de todos los aeropuertos cercanos, dejando 58 minutos para satisfacer sus demandas mientras los aviones, que se van quedando sin combustible, dan vueltas en el cielo.

John McTiernan dejaba los controles a Renny Harlin, otro tipo de artesano, para dirigir a Bruce Willis en el regreso de uno de los antihéroes más entrañables de todos los tiempos. El director de la primera entrega no rechazó la propuesta, pero estaba en medio del berenjenal de ‘La caza del octubre rojo‘. Harlin, a pesar de entregar una película que sobrepasaba cualquier expectativa y un vehículo de acción imparable con altas dosis de violencia y catastrofismo, nunca recibió el reconocimiento que merecía en esta segunda entrega. Pero el director de ‘Maximo riesgo‘ siempre fue un tío atrevido, un cineasta valiente que venía del terror y supo jugar en las grandes ligas. Solo alguien como Harlin era capaz de estrenar ‘Las aventuras de Ford Fairlane‘ y la segunda parte de ‘Jungla de cristal’ la semana siguiente.

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Como pasó con el guionista de la primera película, Jeb Stuart, el nuevo escritor de la película, Doug Richardson, contó con la supervisión / colaboración de Steven E. de Souza, «letrista» de confianza de Silver y Gordon, tras ser despedido. De Souza tenía la misión de reforzar el conjunto con escenas de acción mucho más locas y trepidantes de lo que uno podía esperar. Y si la película sufre por ser comparada con su predecesora, algo inevitable, no tiene ni una sola razón para avergonzarse de nada. Lo mejor del cine catastrofista de los 70 se mezclaba con la acción más trepidante de finales de los ochenta y principios de la década siguiente, al servicio de un icono del género. Todo en manos de un director con hambre en su mejor momento. ‘La jungla 2: alerta roja‘, era más grande, más jodida. Era impredecible.

El regreso del héroe

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El viejo John se ha pasado un año largo intentando olvidar la pesadilla navideña del edificio donde trabajaba la madre de sus hijos con su apellido de soltera. Las cosas no iban bien en chez MacClane y tal vez otra navidad juntos era lo que hacía falta para reparar esa crisis infinita. Pero el policía, que tras sus quince minutos de fama ya estaba en el punto de mira del peor sensacionalismo, no iba a tener un día sencillo. De Souza y Harlin están dispuestos a derribar su propio mito. Y para lograr semejante hazaña la mejor solución era derribar un avión con 200 inocentes dentro.

Pero esas tragedias inevitables están en el ADN del personaje. Y si no ahí está la muerte de Takagi en la primera entrega. McClane no es John Matrix o Gino Felino: «¿Por qué diablos no los detuviste, John? Porque entonces tú también estarías muerto», se decía en la primera jungla. Un personaje de Schwarzenegger nunca se diría esto a sí mismo, pero McClane puede morir y lo sabe. Es un hombre sobrepasado por el miedo, la culpa y sus propias limitaciones. Es un héroe, aunque gracias a la espectacularidad de la más grande y mejor continuación posible, McClane ya empezaba a transitar entre la heroicidad y el superheroísmo.

Esta ‘Jungla de cristal’ on steroids ya jugaba, con mucho sentido del humor y del espectáculo, con la posibilidad real de hacer de McClane un poderoso ser inmortal incapaz de conocer sus limitaciones. Para el recuerdo queda la impresionante (y muy divertida) escena del asiento eyectable del avión, toda una declaración de intenciones que salvaría el pellejo de los que vendrían después, eso sí, con bastante peor sentido del humor.

La historia de su vida

Michael Kamen, el compositor del cine de ación por excelencia, tras sus bandas sonoras para las sagas de ‘Arma Letal‘ y ‘Jungla de cristal’, repetía funciones musicales mientras Jan de Bont dejaba su lugar a Oliver Wood, otro de esos directores de fotografía «tapados» y que han puesto luz y color a muchas de nuestras películas favoritas. Y hay una simpática imagen que deja claro ese colegueo y respeto entre colegas: fíjate en la revista que va leyendo en el avión la compañera de viaje de Holly:

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Con la anterior película había quedado claro que el público disfrutaba del sarcasmo del protagonista, así que Harlin se curó en salud y no descansó hasta incluir en el tráiler la conversación donde el Mayor Grant le dice a McClane que es «el tipo equivocado en el lugar equivocado en el momento equivocado», y McClane responde «La historia de mi vida». Ese diálogo resumía perfectamente el carácter de McClane, el espíritu de la aventura y el deseo del espectador.

El país ficticio de Val Verde, origen del temible General Esperanza, es una invención de DeSouza (y que parecía en ‘Commando‘), que curiosamente ya estaba en la primera versión del del guión de Richardson. La primera parte de la película sigue ese guión original, hasta que McClane corre con la moto de nieve, momento en que la película comienza a desviarse hasta la desproporción, según el guionista despedido.

Y es que esa grandilocuencia tan propia en de Souza se aprecia con más claridad en la mencionada escena del accidente del avión lleno de pasajeros. Esa escena estaba en el guión original, con la diferencia de que entonces se trataba de un jet privado que los malos hacían chocar con un avión de Fedex. Era la misma idea, pero sin tantas muertes. Obviamente, el impacto de esa inesperada crueldad jugaba a favor de obra.

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Un éxito 

La película de Renny Harlin costó 70 millones de dólares, una verdadera barbaridad y más aún si la comparamos con los escuetos 28 de la primera, pero el éxito fue descomunal. La recaudación internacional fue el doble que la anterior, recaudando un total de 240 millones de dólares, casi el doble que la exitosa entrega anterior. Como anécdota, comentar que la película de submarinos de John McTiernan funcionó un poquito mejor en Estados Unidos, siendo la quinta película más taquillera de 1990. La de Harlin quedó en séptimo puesto, pero con mucho más dinero internacional.

Considerada durante muchos años como la «menos buena» de la trilogía original (nunca por mi parte, por supuesto), parece que con los años la imagen de la película ha cambiado definitivamente. Su estructura, no tan alejada de la primera parte, el lado posmoderno y consciente o el regreso de algunos personajes de la primera película (Holly McClane, reportero casposo Richard Thornburg, el sargento Al Powell), además de la estética en cámara lenta de Renny Harlin tomada de John Woo, la hacen grande por sí misma.

Nero

La presencia de Franco Nero, Robert Patrick (futuro T-1000), su brutal carga de ultraviolencia y, atención, la presencia de pelo en la cabeza de Bruce Willis (un criterio para medir la calidad para los fans de la serie), contribuyen a darle a la película cierto encanto vintage que ahora entra como un vaso de agua de manantial en un momento en que el público se cansa de acción impersonal rodada con plantilla y sin sorpresas.

Durante casi una década y probablemente todavía hoy, aunque con menos virulencia, los estudios se pelean por encontrar su nueva jungla de cristal. Incluso su propia casa lleva años intentando devolver al héroe a la primera línea. Pero mientras todos aquellos intentaban encontrar «una jungla de cristal en un barco (‘Alerta Máxima‘), en un tren (‘Alerta Máxima 2’) o en un recinto deportivo (‘Sudden Death: Muerte súbita’)», las historias de McClane no necesitaban nada más que a su personaje, otra vez, exactamente donde nadie le había llamado.


La noticia

‘La Jungla 2: alerta roja’: 30 años de una violenta secuela a la altura de la original

fue publicada originalmente en

Espinof

por
Kiko Vega

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