‘Black Beach’: una de las pocas opciones que tiene Netflix de ganar algo en los Goya es este enrevesado thriller político

La evolución constante del medio cinematográfico desde sus orígenes ha facilitado la aparición nuevas narrativas fruto de la, a priori, complicada hibridación de grandes géneros históricos. De este modo, el público ha podido disfrutar de cócteles tan atípicos —y, a su vez, refrescantes— como westerns de terror, musicales de acción o thrillers eróticos con una fuerte carga de comedia negras.

No obstante, a la hora de introducirse dentro de esta gigantesca caja de arena en la que es posible dar forma a historias de todos los tipos, es determinante hacer gala de una gran concisión y apostar por conceptos con la mayor solidez posible. De no hacerlo, es posible que el proyecto termine convirtiéndose en una Hidra de Lerna que no destaque con ninguna de sus cabezas.

El caso de ‘Black Beach’, segundo largometraje del cineasta madrileño Esteban Crespo, es buena muestra de esta necesidad de concreción; fusionando thriller político, aventura de acción y una especie de drama catártico en 110 minutos anodinos e innecesariamente enrevesados que ven compensadas sus carencias argumentales con unos notables valores de producción.

Lost in translation

No cabe duda de que, con ‘Black Beach’, nos encontramos ante una cinta que destaca por su inmensa ambición. Crespo, junto al coguionista David Moreno, han moldeado un relato en clave internacional en el que su nutrido —tal vez excesivo— y políglota surtido de personajes confluye en un país africano entre acentos impostados y nativos de la región que rompen la ilusión con sus perfectas dicciones castellanas.

De este modo, la película arranca encorsetada dentro del thriller político de manual, permaneciendo dentro de sus límites durante la inmensa mayoría de sus dos primeros actos. Desgraciadamente, su aproximación al subgénero se muestra carente de ritmo y demasiado confusa, haciendo desfilar infinidad de rostros en pantalla sin dejar muy claro cuál es su papel en la conspiración, y circulando por un hilo conductor demasiado difuso; algo que, paradójicamente, no arregla la constante sobreexposición oral.

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Es en el momento en que el tedio comienza a apoderarse del filme cuando hace acto de presencia su coqueteo con la acción más pura de la mano de una secuencia que, pese a estar resuelta con solvencia —helicópteros digitales aparte— y aportar una muy necesaria inyección de adrenalina al conjunto, peca de oportunista y chirría al ser la única de este estilo que salpimenta el ajustado metraje.

Lejos de marcar un punto de inflexión como el gran clímax de ‘Black Beach’ que conduzca a su conclusión por todo lo alto, la estimulante persecución y el posterior tiroteo al que da lugar tan sólo abren la puerta a una suerte de cuarto acto —al más puro estilo surcoreano— que alarga el final como un último estertor que, además de previsible no resulta todo lo estimulante que podría haber sido a juzgar por su potencial dramático.

Afortunadamente, ‘Black Beach’ maquilla sus carencias narrativas gracias a su entregado reparto —encabezado por un solvente Raúl Arévalo— y, sobre todo, a un montaje, diseño de producción y dirección de fotografía que dan al largo un empaque de primer nivel mientras nos recuerdan aquello que decía el anuncio de neumáticos sobre los resultados que da la potencia sin control.

Actualmente, ‘Black Beach’ se encuentra disponible en el catálogo de Netflix.


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‘Black Beach’: una de las pocas opciones que tiene Netflix de ganar algo en los Goya es este enrevesado thriller político

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Víctor López G.

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